El anuncio más espeluznante de la historia

Vivimos en una sociedad infestada de anuncios. A lo largo del día recibimos literalmente miles de impactos, muchos de los cuáles llegan a nuestro cerebro de manera inconsciente. Los anunciantes se enfrentan a una batalla por nuestra atención. Algunos recurren a ingentes presupuestos para influir en nuestras decisiones a base de repetir y repetir el mensaje. Otros diseñan mensajes y conceptos específicos a las características de cada segmento para aumentar así las probabilidades de éxito. Los hay que aprovechan la imagen de marca creada en tiempos pasados para introducir sus nuevas propuestas. Los hay también que usan mensajes transgresores que golpean al consumidor.

La publicidad transgresora no es nueva. Tampoco la inventó Bennetton como dicen algunos manuales, aunque sí le podemos atribuir a esta marca su popularización en las escuelas de comunicación y los grandes medios. La publicidad transgresora roza lo legal y siempre se encuentra en el sutil límite del buen gusto. El objetivo es captar la atención del consumidor. Lo bizarro, lo zafio, lo estúpido, lo escatológico, la sangre, la muerte, la violencia, el sexo son algunas de las claves de las que se sirve para conseguir eso tan difícil: la atención de la gente.

Es curioso porque hace algunos años este tipo de estrategia de comunicación no ve convencía. Pero con el paso del tiempo y el crecimiento exponencial de los impactos y los medios he cambiado de opinión. Evidentemente no es una estrategia adecuada para todos los productos o marcas, por ejemplo marcas conservadoras, salvo que quieran reposicionarse como el caso de Loewe y sus pijos tontos. Pero es una herramienta poderosa. Es poderosa porque activa las emociones del individuo. No le deja indiferente. Siempre consigue una respuesta, buena o mala. Además es la base de una buena campaña de marketing viral, dado que la ciencia nos muestra que los estímulos que generan emociones activadoras (e.g. miedo) son los que provocan mayores niveles de viralidad.

A modo de ejemplo os quiero mostrar el caso de una pieza creada para la promoción de un festival de cine de terror. Aunque no lo creáis, porque ya sabéis que soy un poco bestia, me ha costado compartir este contenido. Es un corto gore. Muy duro. No estoy bromeando. No lo veáis con un menor cerca o si sois sensibles.

Os preguntaréis si está pieza es efectiva. Bien. Pensemos en el tipo de consumidor al que va dirigido. Si nos os gusta el cine gore vais a hablar mal de la pieza, generando un buzz fantástico para el producto promocionado. La gente verá lo mucho que os ha afectado el corto, por lo que si les gusta el cine de terror correrán al festival. Y si al receptor le atrae este tipo de cine, el corto le encantará y lo compartirá con sus amistades a las que también les gustará el producto. Negocio redondo.

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