La inteligencia artificial ha dejado de ser una promesa tecnológica para convertirse en una infraestructura cotidiana. En apenas unos años, herramientas basadas en IA han pasado a formar parte de nuestra vida diaria. Sin embargo, esta rápida adopción convive con un fenómeno aparentemente contradictorio. La confianza en la inteligencia artificial sigue siendo limitada.
La evidencia publicada recientemente apunta a que la ciudadanía no confía o desconfía de «la IA» en abstracto. La confianza es condicional, depende del contexto y está mediada por factores como el riesgo percibido, la supervisión humana y la credibilidad de las instituciones encargadas de regularla.
Esta diferencia entre uso y confianza podría ser, de hecho, uno de los datos más importantes para entender la evolución social de la inteligencia artificial.
Confiamos por contexto, no por defecto
Uno de los errores más frecuentes en el debate público es asumir que la confianza en la inteligencia artificial funciona como una actitud general. No es así. La mayoría de los estudios recientes muestran que las personas distinguen claramente entre aplicaciones de bajo riesgo y de alto riesgo, entre sistemas de apoyo y sistemas autónomos, y entre beneficios individuales inmediatos y costes sociales potenciales.
Esta lógica aparece con claridad en el estudio sobre actitudes hacia la IA realizado en Canadá por Leger. Allí, los ciudadanos muestran niveles elevados de confianza cuando la inteligencia artificial se utiliza para tareas domésticas o administrativas sencillas, pero la confianza cae drásticamente cuando se trata de decisiones relacionadas con la salud, las finanzas o el ámbito jurídico. Otros estudios, como el Ipsos AI Monitor 2026, señalan que el 85% de los ciudadanos chinos considera que los productos y servicios basados en inteligencia artificial aportan más beneficios que inconvenientes, porcentaje que alcanza el 80% en India. En el extremo opuesto se sitúan Canadá, con un 34%, y Alemania, con un 37%. España ocupa una posición intermedia, con un 54%, por encima de la mayoría de las economías occidentales avanzadas.
Los datos españoles reflejan precisamente esa combinación de prudencia y expectativa. Según el estudio de la Fundación BBVA sobre actitudes hacia la inteligencia artificial en España, el 49% de los ciudadanos afirma sentir preocupación ante la IA, frente a un 16% que expresa entusiasmo. Sin embargo, el 47% cree que la inteligencia artificial mejorará la sociedad y el 58% considera que tenderá a complementar el trabajo humano más que a sustituirlo.
La conclusión es que la sociedad no parece estar desarrollando ni una aceptación acrítica ni un rechazo frontal de la inteligencia artificial, sino una forma de confianza selectiva y pragmática, lo cual, en mi opinión, muestra una madurez poco habitual en la adopción tecnológica.
Esta conclusión resulta todavía más evidente cuando se analiza la evolución del uso. En Estados Unidos, el porcentaje de ciudadanos que utiliza chatbots ha pasado del 33% en 2024 al 49% en 2026, según los datos de Pew Research Center. Sin embargo, ese crecimiento no se ha traducido en un aumento equivalente de la confianza en el impacto social de la tecnología.
Una encuesta reciente realizada para WordPress VIP y difundida por el New York Post ilustra bien esta paradoja. El 75% de los estadounidenses considera que los seres humanos son más útiles que la inteligencia artificial cuando buscan ayuda o información en internet, mientras que solo el 15% preferiría interactuar con sistemas de IA. Además, tres de cada cuatro encuestados creen que la información online está cada vez más controlada por un pequeño grupo de grandes empresas tecnológicas.
Algo parecido ocurre en el ámbito informativo. El último Digital News Report del Reuters Institute muestra que el uso de chatbots para acceder a noticias sigue aumentando, pero la confianza en sus respuestas apenas alcanza el 20% a nivel global, muy por debajo de la confianza general depositada en los medios informativos.
La adopción, en otras palabras, no implica legitimidad.
La confianza no depende solo de la tecnología, sino de quién la controla
Si existe un hallazgo consistente en la investigación reciente sobre confianza en la inteligencia artificial es que las personas confían mucho más en sistemas supervisados por seres humanos que en sistemas plenamente autónomos.
Un estudio publicado en la revista AI & Society muestra que la confianza en sistemas de IA asistida es casi el doble que la confianza en sistemas completamente autónomos. La experiencia previa con estas tecnologías aumenta la aceptación, pero la supervisión humana sigue siendo el principal factor estabilizador de la confianza.
La ciudadanía no parece pedir menos inteligencia artificial. Lo que reclama es más control, más explicaciones y más mecanismos de responsabilidad. En ámbitos sensibles —como la salud, la educación, la justicia, las finanzas o la administración pública— la pregunta relevante no es únicamente qué puede hacer la IA, sino quién responde cuando se equivoca.
Este patrón también se observa en las preferencias regulatorias. Lejos de considerar la regulación como un obstáculo, la mayoría de la población la percibe como una condición necesaria para poder confiar. Según una encuesta de Gallup, el 97% de los estadounidenses apoya la existencia de normas de seguridad para la inteligencia artificial y el 72% considera necesarias pruebas y auditorías independientes antes de desplegar sistemas avanzados.
Del mismo modo, un amplio estudio internacional realizado por Pew Research Center concluye que la confianza en la capacidad de los gobiernos e instituciones para regular la inteligencia artificial se correlaciona positivamente con una actitud más favorable hacia esta tecnología.
La lección es importante porque contradice una idea muy extendida en algunos sectores tecnológicos: la confianza pública no surge en ausencia de regulación, sino precisamente gracias a la existencia de garantías visibles, mecanismos de supervisión y responsabilidades claramente definidas.
La inteligencia artificial ya ha ganado la batalla de la adopción. Está presente en nuestros teléfonos, buscadores, empresas, universidades y medios de comunicación. Pero todavía no ha ganado la batalla de la legitimidad.
Quizá esa sea la verdadera cuestión estratégica de la próxima década. El éxito de la inteligencia artificial no dependerá únicamente de desarrollar modelos más potentes o más eficientes, sino de construir sistemas que las personas consideren comprensibles, auditables y dignos de confianza. Porque la confianza, a diferencia del uso, no se puede automatizar.


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