Por qué sigo enseñando WordPress

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Cada cierto tiempo, cuando explico fundamentos de WordPress en clase, surge una objeción bastante razonable por parte de algunos alumnos de marketing: hoy existen CMS y plataformas de creación web que parecen más sencillas, más visuales y más actuales. La observación tiene sentido. Herramientas como Wix o Shopify han simplificado enormemente el proceso de creación de una página web. En muchos casos, permiten obtener un resultado visualmente atractivo con menos esfuerzo inicial, menos decisiones técnicas y una experiencia de edición más guiada que la de WordPress. Eso, por no hablar del uso de IA en la creación de sites.

No creo que esa crítica deba rechazarse sin más. Al contrario, me parece una buena oportunidad para explicar qué deberíamos enseñar cuando enseñamos tecnología en la universidad. Si el objetivo fuese únicamente crear una página web lo antes posible, probablemente tendría sentido optar por herramientas más cerradas, más automatizadas o más orientadas al diseño inmediato. Pero una asignatura universitaria no debería limitarse a mostrar la herramienta más cómoda, sino ayudar a comprender los principios que hay detrás de la presencia digital de una organización, una marca o un proyecto profesional. Nunca me cansaré de decir que la Universidad no es una academia. Si quieres aprender a usar un software sin más, no pierdas 4 años de tu vida.

Desde ese punto de vista, WordPress sigue siendo una herramienta especialmente útil. No porque sea perfecta, ni porque sea siempre la mejor opción, sino porque permite introducir muchos conceptos fundamentales de la gestión digital (e.g., la estructura de contenidos, el papel del dominio y el alojamiento, la lógica de las plantillas, la función de los plugins, la arquitectura de una web, el posicionamiento en buscadores, el rendimiento, la seguridad, la analítica, el mantenimiento técnico o la propiedad de los datos). En otras plataformas, muchos de estos elementos quedan ocultos bajo una interfaz más sencilla. Eso facilita el uso, pero también puede limitar la comprensión.

Esta distinción me parece importante. Una plataforma cerrada permite avanzar rápido, se elige una plantilla, se modifican textos e imágenes, se arrastran bloques y se publica. Ese modelo tiene ventajas evidentes, especialmente para proyectos pequeños o para usuarios sin interés en cuestiones técnicas. Sin embargo, también reduce la visibilidad de decisiones que son estratégicas, como dónde se aloja el proyecto, qué control se tiene sobre el código, qué ocurre si la web crece, hasta qué punto se puede optimizar el SEO, qué dependencia se genera respecto al proveedor o qué posibilidades reales existen para integrar la web con otras herramientas.

WordPress, con todas sus imperfecciones, obliga a enfrentarse antes a esas preguntas. Por eso me parece formativamente valioso. No lo enseñaría como “la herramienta que hay que usar siempre”, porque esa afirmación sería poco rigurosa. Lo enseñaría como un caso muy útil para comprender cómo funciona una web por dentro y qué implicaciones tienen las decisiones tecnológicas en la estrategia digital. Es más complicada, pero por eso exige pensar en cosas que otras herramientas te dan mascadas.

Además, conviene recordar que WordPress sigue teniendo una presencia enorme en Internet. Según W3Techs, en junio de 2026 WordPress es utilizado por el 41,9% de todos los sitios web y concentra el 59,4% de los sitios cuyo CMS es conocido. El Web Almanac 2025 también muestra que WordPress mantiene una posición muy fuerte incluso entre sitios de alto tráfico, con una presencia aproximada del 58% entre los 10.000 sitios principales que utilizan CMS. Estos datos no demuestran que WordPress sea superior a cualquier alternativa, pero sí indican que sigue siendo una infraestructura central de la web real, no una tecnología residual ni meramente histórica.

Ahora bien, defender WordPress no exige ignorar sus limitaciones. Su curva de aprendizaje puede ser irregular, la experiencia de edición no siempre es tan pulida como la de algunos competidores, la dependencia excesiva de plugins puede generar problemas de rendimiento o seguridad, y el mantenimiento exige más atención que en muchas soluciones SaaS. Para una landing visual, un portfolio rápido, una tienda online muy estandarizada o una publicación editorial minimalista, puede haber alternativas más directas y eficientes.

La cuestión, por tanto, no debería plantearse como una oposición entre WordPress y los CMS “modernos”, sino como una comparación entre soluciones para distintos contextos. Cada plataforma responde mejor a determinados objetivos, recursos y restricciones. Un proyecto que prioriza rapidez y simplicidad puede beneficiarse de una solución cerrada. Un proyecto que requiere control, extensibilidad, SEO, independencia tecnológica o una arquitectura de contenidos más compleja puede encontrar en WordPress una opción muy competitiva.

Por eso, cuando algunos alumnos dicen que hay CMS más sencillos y actualizados, mi respuesta sería que probablemente tienen razón, pero que esa no es toda la cuestión. Lo más sencillo no siempre es lo más formativo. En la universidad, WordPress puede servir para aprender mucho más que a publicar una web, ya que permite comprender cómo se construye, se mantiene, se optimiza y se gobierna un activo digital.

El objetivo no debería ser que todos los estudiantes salgan de clase pensando que WordPress es la mejor herramienta para cualquier proyecto. El objetivo debería ser que aprendan a evaluar plataformas, a identificar sus ventajas y limitaciones, y a tomar decisiones tecnológicas con criterio. Si después eligen Shopify o cualquier otra solución, lo harán con una comprensión más sólida de lo que implica esa elección.

En definitiva, sigo considerando que WordPress tiene sentido en la docencia universitaria, siempre que se enseñe de forma actualizada y crítica. No como una receta cerrada, sino como una vía para entender los fundamentos de la gestión de contenidos, la estrategia web y la presencia digital. Hay herramientas más sencillas, sin duda. Pero pocas permiten explicar con tanta claridad la relación entre tecnología, contenidos, posicionamiento, control y estrategia digital.


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